¿HABLAR O CALLAR?

Había tomado asiento en el sillón de piel gastada. La mirada perdida en la superficie raída y los dedos buscando su roce desigual. Las paredes habrían lucido un rostro más distinguido tiempo atrás, pero ahora se veían marchitas y descoloridas, extendiendo por la estancia un ambiente poco acogedor y que sin embargo la encantaba.

—Hoy has llegado pronto.

Su voz profunda y rica en matices siempre le recordaba a los locutores de radio. Le resultaba hipnótica y sedante, más que las pastillas que debía de tomar cada día.

Moviendo la cabeza repetidas veces, asintiendo, alzó los ojos para encontrarse con los gruesos cristales de las gafas de aquel hombre.

Ladeó el rostro para intentar descubrir en la montura de oscura pasta aquella pequeña falta que tanto la obsesionaba. Había veces que se pasaba toda la consulta luchando por no levantarse, salvar el espacio entre ambos y posar el dedo por la parte deteriorada.

Hablar, siempre hablar. ¡Por qué demonios se empeñaría todo el mundo en que hablar era la forma de solucionar las cosas! Ella amaba el silencio, su silencio. Aquel silencio en el que se sentía libre y ligera. Hablar estaba demasiado sobrevalorado.

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