Categoría: Microrrelato

UN ESCUCHAR

Ven, acércate, quítate el pelo de la oreja que te quiero decir algo. Será bonito y agradable de escuchar y te lo diré muy bajito, será casi imperceptible para el oído humano, pero te llegará. Pondré mis manos alrededor, para que el eco te lo repita cuantas veces quiera hacerlo y para que sean más nítidas mis palabras, más claras, mejores si cabe. Eso es, ya huelo a ti; me gusta tu pelo en mi cara, tu piel cerca de mí. ¿Preparada?, bien. Lo que voy a decirte es sencillo y breve. Es un disparo al corazón y sé que me resultará fácil hacerlo porque eres tú, porque confió en ti y porque me apetece que lo sepas. Mis labios en tu lóbulo. Te lo voy diciendo muy despacio …… Ya está. Sólo te pido que, como todo lo nuestro, quede entre nosotros.

Mr. Mckenzie.

PALABRAS

Al volver a casa se sentó frente al televisor apagado. La habitación estaba a oscuras y no había ningún ruido que le molestase. Aquel silencio le hizo recordar las palabras que ella acababa de susurrarle al oído, todavía las escuchaba dentro de su cabeza con tal precisión que parecía que ya no estaba solo. No quería levantarse ni que volviese el silencio, se sentía tan bien que hasta una pequeña sonrisa se formó en su rostro. Apoyó su cabeza en el sofá y cerró los ojos. Era tarde y estaba cansado, pero no quería dormir porque sabía que el sueño le arrebataría lo poco que le quedaba de ella. Después de unos minutos se levantó, se puso el pijama, se lavó los dientes y se metió en la cama. Al apagar la luz y recostarse volvió a escuchar de nuevo aquellas palabras en su cabeza, volvió la sonrisa a su rostro y se quedó dormido.

Mr. Mckenzie

CARTAS

Están sentados en la mesa del comedor jugando a cartas y bebiendo cerveza. Ella lleva un pantalón corto y una camiseta de él sin nada debajo, además de unas de esas enormes zapatillas con forma de cabeza de elefante. Lo que él lleva no es importante. Charlan y ríen mientras el grifo de la cocina gotea sobre los platos de la cena aún sin fregar. De fondo, Chet Baker acompaña sus risas y llena los pocos vacíos entre sus palabras, cuando él pide silencio para estudiar sus cartas. A él no le gusta el jazz, pero no se queja, porque sabe que de alguna manera tiene que ser así. Ella baraja y le mira, pero él no se da cuenta porque está distraído pensando que quizás al día siguiente la lleve a ver la reposición de esa película francesa de la que ella tanto habla. A él el cine francés le gusta menos que el jazz, pero es que ella le gusta más que el boxeo. Después, él da un sorbo a su cerveza y la mira, pero ella no se da cuenta porque ya está repartiendo las cartas y pensando que en esta partida volverá a dejarle ganar.


– Luis Aragón Domínguez – (Cuentos hiperbreves)

ESTABAS CONMIGO

Me he enfrentado al terror más profundo en unos interminables segundos. Pesados segundos. Negros segundos. Veía el final irremediablemente a través de mi propio pánico y rezaba. Rezaba para que no me abandonaran las fuerzas, para no rendirme, para creer que podíamos lograrlo. Mi terror a través de tus ojos. Tu desconcierto clavándose en los míos. Y sentí de nuevo que me quebraría si el infierno de mis pesadillas volvía a abrirse bajo mis pies. Pero no era el momento. Aún la vida tiene mucho que ofrecernos y entre lágrimas he podido disfrutar de tu felicidad sincera. No vale la pena volver sobre un tiempo que acaba de irse. Cerrar la puerta y despedirlo, ésa es tu filosofía. Recrearse en lo que pudo ser sin vivir lo que es parece un pasatiempo tan solo propio del hombre.

Idoia Mielgo Merino_firma