Bajo una luna pálida, cenicienta, un árbol eleva su esqueleto de sombra, ramas torcidas —como oraciones frustradas— arañando, con negros dedos, la garganta de la noche.
No canta el viento, gime, en cada rama que cruje sin voz, y la niebla le cose un manto de ausencias y promesas rotas.
El tronco guarda secretos endurecidos, latidos que se rindieron al invierno, y en su sombra antigua dormitan las cosas que no pudieron irse.
La soledad resbala, se arrastra sobre el corazón de madera, viene a beber de su lecho la memoria de los que cayeron sin despedida.
Ese árbol no espera la primavera, espera el olvido latiendo despacio, que la luna cierre los ojos y lo deje a solas con todo lo que retiene.
Porque hay raíces que no buscan agua, buscan silencio.
SEMILLA EN LA TORMENTA Irrumpe la lluvia de fuego y estruendo.
El paraíso se nubla hasta diluirse su esencia con la realidad siguiente…
Rumor de pasos perdidos, que tiemblan en la nada y la vuelve memoria de ciudades que laten heridas, con la esperanza arrinconada en mercados de ceniza y prisa.
La noche puede cubrirlo, el miedo puede asfixiarlo, y la tierra, cansada de hombres, tiembla en su hondo silencio.
Pero aún en las húmedas sombras una semilla persiste: certeza de que seguimos, aunque el mundo se derrumbe.
Cerrar los ojos y saltar al vacío superando el vértigo, sin límites, mientras tu nombre se queda entre mis labios —talismán que destierra oscuridades— y todo tú buscas huellas del pasado que borras con tus besos, derramados sobre mí como ansiado aguacero en un sofocante día.
Y se filtran por mi piel ardiente semillas que se entierran en el alma horadándola, bañándola, retoñándola. Me desnudas despacio la inseguridad explorando mis secretos, y en tu ser, mi ser se desvanece cegando mi conciencia e indultándome el corazón.