Categoría: Crónica

PRESENCIAS

El tiempo y yo bailamos continuamente. Siempre pendientes el uno del otro. Creo que es un mal endémico de mi naturaleza humana. A veces soy consciente de su paso por la velocidad que imprime a mi realidad, otras, por las riendas que tiran de mí para que vuelva la cabeza.

Quizá sea presuntuoso por mi parte aseverar que él también está pendiente de mí, es mi percepción. La cuestión es que en ocasiones lo tildo de aliado y en otras, de antagonista.

El tiempo… el que he dispuesto, el que me queda… lo quiero todo. Quiero vivir mi tiempo plenamente, quiero aprender a integrarlo en mi quehacer diario, en mis sueños, en mis ilusiones, en mis decepciones, en mis dolores, en mis alegrías.

El tiempo, pensémoslo, no hay que desperdiciarlo, hay que exprimirlo.

LA ESPERA

La espera es como una puerta cerrada que miramos expectantes. Una puerta en la que se nos pierden los minutos prendidos de un pomo que esperamos ver girar, abriéndose así a nuestra esperanza, a nuestros deseos. Y en ese tiempo vacío se amontonan, a nuestro alrededor, las hojas caídas del calendario; maleza marchita que va diluyendo los matices a nuestro alrededor.

Todo parece detenerse cuando uno espera, y cada segundo se alarga elástico, poniendo a prueba el temple de quien aguarda. Pero una puerta es una puerta y al final… siempre acaba abriéndose, aunque por el fin que le corresponde, después, vuelva a cerrarse.

A veces creo que no soy yo. No soy mi día a día. No soy la rutina ni el poso de lo que va quedando.

Dos esperas que se enfrentan, dos buscadores, un sin fin de sueños… y toda la intensidad que se va posando por aquello que no se entrega. Se cruzan los caminos y se intercambian las cargas.

Esperar sin rendirse es un ejercicio de resistencia. Esperar, esperarte.

HOLD YOUR HAND

«Te invito a tomar esta noche un baño de luna, te invito a pasear de la mano y hablar de lo nuestro…»

Estas palabras de una canción pueden servir de preludio para una invitación así.

Pasear de la mano acerca andares y dispone el ánimo para compartir el viaje hacia el que se desee partir.

El destino no importa, sólo el saber que ese viaje se vuelve más seguro con la certidumbre de que tendrás dónde afirmarte cuando los desniveles del camino puedan hacer titubear los pasos. Comenzar una senda que arranque de la línea que ambos hemos esbozado puede ser una hermosa aventura.

Aquí tienes mi mano, es hora de levantar velas. Tú serás la brújula y yo… yo seré el viento.

¿DÓNDE ESTÁS?

Los días. La sucesión de segundos, minutos, horas que van saltando de lunes a martes, a miércoles, a jueves… para completar otra semana e ir encadenándola hasta coronar otro mes más.

Los pensamientos. La sucesión de ruido interno, de imágenes que saturan la armonía interior y sobrevienen desde cualquier punto cardinal, confín, espacio y sensación a lo largo de los días.

Situaciones. La sucesión de acontecimientos que devienen desde el instante en que el día despierta, hasta que da por concluida la jornada apagando su luz —o la nuestra—, amontonando todo lo necesario para desbordar el orden mental y alimentar los pensamientos.

Eslabones que pueden llegar a formar una cadena perfectamente engrasada que potencie el esfuerzo personal de cada uno para continuar viaje, o que también pueden convertirse en un grillete que vaya obstaculizando nuestros pasos imposibilitando el avance.

Y tú, ¿dónde estás?

CUANDO LA VIDA PARECE APRETAR

La vida no es fácil. Los días están llenos de obstáculos. Se complacen en medir tu resistencia. Pero van pasando y uno, mejor o peor, se va haciendo a ellos. Eso es la rutina.

Pero a veces esos días se aburren y te miran maliciosos pensando en recargar un poco más tu grado de tolerancia.

De pronto, algo se rompe en la organizada cadena de minutos amenazando tu agenda. Comprometiendo a aquellos que dependen de ti, de tus acciones, de tu respirar.

Es como si te sorprendiera una catástrofe de las que aparecen en televisión. Incapacitados para medir la intensidad con objetividad, arrastrados por el pánico, por el sentido de la responsabilidad que duele como un tatuaje recién hecho, que deja tu piel herida. Porque sucede cuando las circunstancias de tu realidad no permiten improvisar.

Y sientes la ansiedad respirándote en la nuca. El deseo de rendirte más acuciante que nunca. «Piensa», te exhortas, «piensa…» Y tu alma se estira, maltrecha,  intentando mostrarte el camino.

Cuando la vida parece apretar la cadena con la que tira de ti en algunos tramos del camino, emergen esos ángeles que te guardan. Invisibles a tu rutina, pero siempre atentos a tus señales de alarma.

De ahí, uno comprueba la veracidad de la sabiduría popular: «una de cal y otra de arena». No importa los reveses que crucen tu rostro, cuando tienes brazos que te confortarán y atenuarán las sacudidas.