Categoría: Crónica

HIDRATARSE

El día ha amanecido soleado en este viernes frío de noviembre. Mis ojos se han acostumbrado a este paisaje que habito, pero es cierto que, en ocasiones, los cierro para cruzar esa ventana que despliega ante mí recuerdos y añoranzas.

Me imagino asomada tras los cristales de una ventana. Es otoño. Se ha desatado una tormenta. Deliberan la lluvia y el viento. Las gotas, saltarinas, se adhieren al vidrio acercando una distorsionada visión del mar. El mar —mi horizonte añorado—. Creo que las tormentas le vigorizan, le tonifican. Y aprovecha el alboroto para exhibirse, poderoso. No puedo dejar de mirarlo con arrobo.

Siento el espíritu repentinamente marinero, y mi corazón palpita al ritmo del embate de cada ola en un son que marca el compás de mis pasos. Reposo mi cabeza en el frío de la ventana y todo entra en un estado de dulce sopor con el salmo que el viento entona, el desorden de la lluvia y la réplica del mar.

Me obstino en mantener los ojos cerrados para suspenderme en esa visión que se crea en mi mente. Un rato más, me digo. Tan sólo el tiempo necesario para hidratar este cuerpo sediento de mar.

IMPRESIÓN

Llegar, mirar alrededor y descubrir un paisaje que se abre ante mí. En lo que mi vista alcanza, en el centro, un terroso camino salpicado de espejos que la lluvia ha abandonado a su paso creando figuras geométricas, diluidas, rellenando las huellas de aquella mujer de caminar lento que arrastra en sus pies un día de afanoso trabajo en los campos.
El atardecer proyecta, entre la vereda de árboles que bordean la derecha del camino, una nebulosa luz crepuscular que envuelve la estampa con un misterioso halo que lo convierte en fantástico espectáculo, en el que las copas de los árboles semejan cabelleras inclinadas al paso del viento mirando en línea hacia los tiempos por venir; a la izquierda, verdes campos de altas hierbas enredadas entre sí forman una espesura compacta que expele frescura sobre el camino.
En el horizonte, una sombra elevada rompe lo horizontal de la perspectiva y se eleva hacia un sol que se afana, cansado, en un último esfuerzo para mantener la luz diurna, entre una pleamar de nubes que salpican y se esparcen en un azul y cambiante cielo.
También se ve, apoyado en uno de los robustos árboles unos pasos más adelantado al lugar donde yo me encuentro, el cuerpo lánguido de un hombre. Quizá descanse, quizá disfrute de esta espectacular obra de arte, quizá tan sólo espere la llegada de alguien con quien compartir el resto del camino.
Mis sentidos despiertan ante la visión, puedo sentirme dentro de este cuadro, así el arte me transporta a través de su ilusoria realidad.
Y tú, ¿prefieres ser espectador o prefieres pintar tu propio paisaje?

CAVILACIONES

La vida no siempre sonríe. De vez en cuando brinda algún respiro, algún guiño, y eso nos empuja a continuar. Lamentablemente, las reflexiones llegan con el sufrimiento, y el sufrimiento se acrecienta ante la incertidumbre.

La vida, en su fluir, va concluyendo los bocetos que trazamos en nuestros comienzos y de pronto, podemos encontrarnos ante una obra que no reconocemos. Unas huellas indefinidas. Un camino irreconocible.

El deterioro inevitable del tiempo nos vuelve más vulnerables, y permitimos entonces que las emociones que mantenemos ocultas se desborden, nos bañen, nos dañen. Y es la felicidad, en esas ocasiones, la emoción que más duele. La que se fue; la que no alcanzamos; la que soñamos; la que nunca arraigó; la que tememos perder…

Nuestra naturaleza insatisfecha, curiosa, ambiciosa, nos impide disfrutar del presente. Hay tantas teorías, tantos estudios y consejos sobre esa cuestión lanzados para llenar los espacios vacíos: la palabra para narcotizar los sentidos. ¡Tantos usos tiene la palabra! Pero el principal ha sido siempre el de inundar el silencio. Porque en el silencio nos encontramos con nosotros mismos. No hay nadie más en el silencio. Sólo la verdad de cada uno, sin adornos.

SIENTO

Siento el interior empapado por infinidad de gotas que ha comenzado a supurar mi alma. Expresión cristalina retenida en mi interior, reblandeciéndome mientras el duelo las carga. Y se van oprimiendo en tan pequeño medio obligadas a adherirse unas a otras, formando esferas cristalinas, con mayor densidad a cada instante, que amenazan convertirse en torrente imparable en búsqueda de su propio curso.

Siento, en ese interior reblandecido, las huellas del tiempo: del tiempo de ayer, del tiempo en mi hoy, del tiempo que no vuelve, del tiempo del mañana, ese mañana inalcanzable que apenas llego a rozar con la yema de mis dedos.

Siento en mi interior el rastro que los que parten van trazando en mi propio camino.

Siento en mi interior la tristeza de momentos inevitables.

Siento en mi interior.

Siento.

LLUVIA

Llueve. A veces las tormentas pueden asustar, con sus truenos, sus relámpagos… También se puede poner distancia. Tomar asiento junto a la ventana, acurrucarse, rodear con los brazos las rodillas y ver cómo cae la lluvia, seguir el resplandor de los rayos y contar el tiempo hasta escuchar el ronco estruendo de los truenos.

Quizá sea una tormenta esperada o deseada. La tierra, sedienta tras días de calor excesivo y tras el inesperado baño, exhala un aroma intenso y penetrante que embriaga… Las flores, celosas, despiden a su vez dulzonas fragancias que danzan a través del olfato.

El cielo está cerrado, pero tampoco parece especialmente triste. Se ha cubierto con un filtro oscuro, apagado, acompañando en correcto duelo las lágrimas de esta atmósfera borrascosa. En ocasiones, un repentino chaparrón libera un espíritu marchito, así como alivia el ardiente calor de la tierra y de la naturaleza, y lo apacigua.

Y junto a esa ventana, se puede abandonar la mente en ese paisaje distinto, discordante, que puede resultar una tormenta. Dejar que alcance otros lugares, otras sensaciones, otros paraísos u otros infiernos, depende de cada quien.