En mis sueños, a contraluz, te imagino vestida de rocío envuelta en tus sombras, deteniendo tu vuelo sobre el silencio de un amanecer que se despereza lánguido.
Reparando tu aliento para remontar la luz y extender —a tu paso— el estigma de tu esfuerzo.
Qué lenguaje viaja oculto en la fragancia liberada tras el derrumbe del día que cala nuestros sentidos y desata un rumor antiguo donde la entraña se hace tierra, se hace campo, se hace arboleda, rescatándonos de nuestro encierro.
Y mientras la luz se apaga tierra, campo, arboleda se refrescan y se ungen de esencias ignotas, en espera —quizá—, del retorno de la luna, perla que engalana las noches.
El vuelo de cada uno depende de la fuerza de sus alas. Cada quien debería ejercitar las suyas en lugar de intentar derribar el vuelo ajeno. Cada uno tenemos una brújula interior que guía nuestro viaje, escuchémonos.
Blanca hendiendo el gris infinito arrastras en tus alas el peso de esta lluvia de lágrimas saladas.
Solitaria atraviesas tempestades alzadas como barricadas por retener tu herido vuelo, por arrastrarte a su infecunda orilla.
Gigante tu sombra a contraluz que oculta el alma que se bate entre los cabos que abandona al aire un mundo que se derrumba.
Tengo caído el sueño, y la voz suspendida de mariposas muertas. El corazón me sube amontonado y solo a derrotar auroras en mis párpados. Perdida va mi risa por la ciudad del viento más triste y devastada. Mi sed camina en ríos agotados y turbios, rota y despedazándose. Amapolas de luz, mis manos fueron fértiles tentaciones de incendio. Hoy, cenizas me tumban para el nido distante. ¡Oh mar, no esperes más! Casi voy por la vida como gruta de escombros. Ya ni el mismo silencio se detiene en mi nombre. Inútilmente estiro mi camino sin luces. Como muertos sin sitio se sublevan mis voces. ¡Oh mar, no esperes más! Déjame amar tus brazos con la misma agonía con que un día nací. Dame tu pecho azul, y seremos por siempre el corazón del llanto?