Categoría: Poesía

CUÁNTAS, CUÁNTOS…

Cuántas risas
han estallado en nuestros labios,
cuántos vuelos
han liberado nuestras manos,
cuántos mundos
han descubierto nuestras miradas,
cuántas canciones
han inventado nuestras almas,
cuántos incendios
han provocado nuestros cuerpos,
cuántas mareas
han sacudido nuestras lágrimas.

Cuántas, cuántos…

Cuántos cuentos
nos hemos contado
en noches infinitas por temor a que,
—tarde o temprano—
amaneciera.

Idoia Mielgo Merino_firma

PASEANDO CONTIGO

Qué lenguaje viaja oculto
en la fragancia liberada
tras el derrumbe del día
que cala nuestros sentidos
y desata un rumor antiguo
donde la entraña se hace tierra,
se hace campo, se hace arboleda,
rescatándonos de nuestro encierro.

Y mientras la luz se apaga
tierra, campo, arboleda
se refrescan y se ungen
de esencias ignotas, en espera
—quizá—,
del retorno de la luna,
perla que engalana las noches.

Idoia Mielgo Merino_firma

BLANCA

El vuelo de cada uno depende de la fuerza de sus alas. Cada quien debería ejercitar las suyas en lugar de intentar derribar el vuelo ajeno. Cada uno tenemos una brújula interior que guía nuestro viaje, escuchémonos.

Blanca
hendiendo el gris infinito
arrastras en tus alas
el peso de esta lluvia
de lágrimas saladas.

Solitaria
atraviesas tempestades
alzadas como barricadas
por retener tu herido vuelo,
por arrastrarte a su infecunda orilla.

Gigante
tu sombra a contraluz
que oculta el alma que se bate
entre los cabos que abandona al aire
un mundo que se derrumba.

Idoia Mielgo Merino_firma

¡OH MAR, NO ESPERES MÁS!

Tengo caído el sueño,
y la voz suspendida de mariposas muertas.
El corazón me sube amontonado y solo
a derrotar auroras en mis párpados.
Perdida va mi risa
por la ciudad del viento más triste y devastada.
Mi sed camina en ríos agotados y turbios,
rota y despedazándose.
Amapolas de luz, mis manos fueron fértiles
tentaciones de incendio.
Hoy, cenizas me tumban para el nido distante.
¡Oh mar, no esperes más!
Casi voy por la vida como gruta de escombros.
Ya ni el mismo silencio se detiene en mi nombre.
Inútilmente estiro mi camino sin luces.
Como muertos sin sitio se sublevan mis voces.
¡Oh mar, no esperes más!
Déjame amar tus brazos con la misma agonía
con que un día nací. Dame tu pecho azul,
y seremos por siempre el corazón del llanto?

—Julia de Burgos—