Algunas noches, que se parecen a esta, suenan ahí afuera voces que me templan por dentro, y entonces, surgen extraños versos que titilan como sueños indecisos. No hay ni una gota de ron en el vaso y las sombras son, por así decirlo, ese turbio mensaje de sima y locura. En esas noches de dolor secreto los relojes se quiebran para contemplar con calma el rostro fermentado de mis días.
En esa quietud, piedra a piedra, deletrear los abismos con tanto sosiego es iniciar el último vuelo.
Si yo te odiara, mi odio te daría en las palabras, rotundo y seguro; ¡pero te amo y mi amor no se confía a este hablar de los hombres, tan oscuro! Tú lo quisieras vuelto un alarido, y viene de tan hondo que ha deshecho su quemante raudal, desfallecido, antes de la garganta, antes del pecho. Estoy lo mismo que estanque colmado y te parezco un surtidor inerte. ¡Todo por mi callar atribulado que es más atroz que el entrar en la muerte!