Categoría: Microrrelato

FINAL PARA UN CUENTO FANTÁSTICO

-¡Que extraño! -dijo la muchacha avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada!

La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.

-¡Dios mío! -dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos han encerrado a los dos!

-A los dos no. A uno solo -dijo la muchacha.

Pasó a través de la puerta y desapareció.

I.A. Ireland

EL PRINCIPIO DEL FIN O AL FIN UN PRINCIPIO.

No piensa en mira atrás. Una pequeña mochila la acompaña. Aunque su equipaje es mayor de lo que se aprecia, el peso de su alma se lo confirma. Demasiado apegada a las cosas, siempre se lo dijeron. Se siente extraña, no se reconoce a ella misma. El estómago se le encoge en el preciso instante de cruzar el umbral de la puerta que se cerrará tras ella, y por la que sabe que no volverá a entrar. Inevitable esa última mirada que la hace dudar: volver a nacer o morir definitivamente, ese es el conflicto y no lo sabría hasta experimentarlo. Dependería, sobre todo, de los pedazos que pudiera rescatar. Para muchos sería como si muriera y ¿para ella?, nunca tuvo importancia.
El llanto, traidor, le nubla esa primera mirada. El miedo a la libertad no es tan pavoroso como el terror a sangrarse en su rutina, se dice. Pero aún así, su corazón se desgarra atrapada entre su micro universo y el exterior que la invoca. Ese primer paso hace que sienta como si se soltara del único agarre que detiene una caída al vacío. Quién lo sabía. Podía estrellarse o que la brotaran alas que la guiaran hacia su propio descubrimiento, lejos, hacia nuevos caminos, nuevos sueños, nuevas aventuras.
Su mano tiembla mientras el portazo resuena en sus oídos como el estallido de una detonación largamente esperada. Sus rodillas flaquean amenazando el buen fin de su huida ¿Fuga? ¿Evasión? ¿Escape? Aquellas palabras mostraban una imagen fatídica de su acción, pero en definitiva, sabía que así era.
No cabría el perdón en el lugar de donde partía. Se había provisto con pedazos de todos. Porque todos habían depositado el peso de sus vidas en sus manos. Como quien amontona abrigos en una percha, ahora, quedarían allí, tendidos. Pero solo hasta que encontrasen una nueva percha. No quería pensar si se achicarían o si alguno se lastimaría con el impacto. Ya no cabía más dolor en su vida; el dolor ajeno había llenado su depósito expulsando el suyo propio y las grietas que había provocado evidenciaban el exceso en su capacidad.
Como si sufriera un repentino ataque de agorafobia, mientras se acerca a la calle su corazón palpita atropelladamente, el aire parece que no cabe en sus pulmones y la cabeza amenaza rendirse en un desmayo. La mirada ausente. Extraña entre los transeúntes. Ajustando su paso a su presente y liberando, en un último suspiro, su pasada identidad, y adquiriendo, con la primera bocanada de oxígeno, una nueva.
Como un sol que se despereza temprano, una tímida sonrisa despunta al sentir cómo de pronto una niebla atrapa sus recuerdos y se los arranca. Así comenzaba la mejoría de aquella herida que la martirizaba: su insignificante existencia.

Idoia Mielgo Merino_firma

COLORIN COLORADO

Cada mañana buscaba el reflejo de sus deseos. Se alzaba esperanzada como si sus pies poseyeran alas que la impulsaban hasta la ventana donde, anhelante, pegaba su nariz al frío cristal oteando más allá, segura de que una mañana cualquiera la imagen que encontraría sería diferente.

Cada mañana su sonrisa palidecía al recibir lo inmutable del escenario en sus pupilas, la instantánea de su realidad. Descalzaba sus pies dejando las alas bajo la cama, para que al día siguiente pudiera encontrarlas con facilidad.

Cada mañana acariciaba su rostro frente al espejo buscando aquello que poco a poco iba perdiendo. En ocasiones, lavaba su rostro con el rocío que su nostalgia la regalaba. Otras veces, coloreaba sus mejillas el resplandor que desprendía su mirada y el brillo contagioso de la sonrisa al sentir el cosquilleo de la esperanza asomando bulliciosa.

Vestida de tesón, se aseguraba de llevar consigo su perseverancia. Caminaba tras los segundos que formaban los minutos que agotaban las horas que la devolvían a su hogar. Sacudía en el felpudo la desilusión que llenaba las calles, preocupándose de no arrastrar, en sus zapatos, la sombra del fracaso que tantas veces parecía seguirla.

Confiada, se liberaba en aquella atmósfera que la recibía con un melodioso silencio formado por los sueños palpitantes, guardados entre todos aquellos objetos que formaban el mosaico de su esencia.

En cada crepúsculo, cepillaba su sonrisa antes de acostarse para que así velara su descanso preparándola para una nueva mañana.

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Y TE REGALÉ UN CUENTO

Y te regalé un cuento en el silencio de la noche quieta descansando en tus oídos, mi voz se escondía entre tu pelo, entre los pliegues de tu carita al sonreír. Echabas hacia atrás tu cabeza en indolente gesto de a quien nada le falta ya, de quien se ha detenido a lomos del preciso instante en que la felicidad nos encuentra. Las palabras se escapaban disfrazadas entre tonos musicales y tu risa, cascabel que amenizaba nuestra historia, resonaba en la habitación llenándola de un cálido aroma de ternura. Tus párpados se rendían a las caricias del sueño, pero tu espíritu travieso ofrecía aun la resistencia necesaria para aferrarte a mi regazo urgiéndome a que continuara.
Mi mano planeaba sobre tu cabeza como el batir de alas, dulcificando la entonación que te arrastraba entre castillos, duendes y mágicas criaturas. La hipnótica atmósfera que iba ocupando cada rincón de la estancia terminaba ascendiendo por nosotros, envolviéndonos en un templado sopor hasta que tu respiración regular revelaba el éxito del objetivo perseguido: tu sueño, conciliado y despreocupado, sin prisas, sin angustias, sin dolor. Dormir, soñar, descansar…

Y así quedó por siempre guardado el momento. Ahora me encuentro ya muy cansada. Sé que has conseguido conciliar el sueño sin nuestro cuento. Por fin puedo descansar esta noche, ésta y todas en las que debí haber partido hace ya tanto tiempo, en las que debí haber deshecho el lazo que aún nos unía. Algún día ya no necesitarás mi foto bajo tu almohada.

Idoia Mielgo Merino_firma