Categoría: Microrrelato

LA FUERZA DE UN ABRAZO

En medio de la calle cayó un ángel, desvalido, indefenso. Una a una las plumas de sus alas se desprendieron quedando a los pies de los transeúntes que caminaban apresurados por la acera, por calles y callejones arrastrando sus pies por el asfalto, sin apreciar el silencioso gemido de los restos de aquel plumaje pegándose a las suelas de sus zapatos. Envueltos en la prisa gris del día a día que, como la neblina de un largo invierno, enfriaba sus corazones. Y el ángel elevó sus ojos al cielo y lo vio lejano, muy lejano, sobre las altas columnas de cemento donde vivían aquellos seres que pasaban a su lado sin verle. Cerró sus ojos y lloró. Abrió sus brazos deseando que sus alas se extendieran con ellos, pero nada ocurría y permaneció así minutos, horas, con los brazos extendidos hasta que uno de aquellos seres con prisa lo vio, se detuvo, e interpretó aquel desesperado gesto como una invitación al descanso, y acercándose al ángel lo abrazó, disipando así parte de aquella prisa gris que lo envolvía. El ángel sintió calor, y temeroso de perder aquella sensación continuó con los ojos cerrados. Aquellos seres iban deteniéndose a su lado y uno tras otro, abrazaban aquel cuerpo que pintaba una sonrisa en su prisa gris. Y en cada abrazo, una nueva pluma crecía en las alas heridas. Tantos fueron los espontáneos abrazos que pronto aquellas alas fueron reparadas. Sólo entonces abrió los ojos el ángel descubriendo el color que llenaba aquellas calles y aceras, aquellas torres de hormigón, aquellos seres que le sonreían detenidos frente a él, y los elevó al cielo. Ahora lo sentía cercano, siendo capaz de alzar el vuelo para regresar a su lugar de origen.

Idoia Mielgo Merino_firma

UN SUEÑO

En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de maderas y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mi escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular… El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

Jorge Luis Borges

DÍA DE LLUVIA

Salió a pasear despreocupadamente pese a la lluvia, o mejor dicho, precisamente por estar lloviendo. No llevaba paraguas y su paso era lento, como si disfrutase de cada avance a través del húmedo terreno. Llevaba una vida tranquila y sin sobresaltos, pero ni falta que le hacía ¡bastante loco estaba el mundo!

Se detuvo a comer en un bonito lugar, verde y exuberante, cuando de pronto, se vio alzado del suelo. Retorciéndose veía el suelo cada vez más lejos. Un golpe seco al caer, incertidumbre, asombro, y finalmente, curiosidad. Había otros como él en aquel extraño lugar que parecía suspendido en el aire.

El hombre volvía contento a su casa, aquella tarde había recogido un buen saco de caracoles.

Idoia Mielgo Merino_firma