Se agolpan las lágrimas en mi orilla, su sal araña mis ventanas y extenúa mi mirada en un ocaso inevitable.
A la deriva, saqueada, vaciada, invoco la fuerza de esta marea que me azota para que me evacúe allá donde el dolor no alcanza, —en aquella nada conocida, Íntima—, de nuevo en la grieta donde mis heridas conocían cada esquina, cada filo, cada oquedad.
Qué lenguaje viaja oculto en la fragancia liberada tras el derrumbe del día que cala nuestros sentidos y desata un rumor antiguo donde la entraña se hace tierra, se hace campo, se hace arboleda, rescatándonos de nuestro encierro.
Y mientras la luz se apaga tierra, campo, arboleda se refrescan y se ungen de esencias ignotas, en espera —quizá—, del retorno de la luna, perla que engalana las noches.