Categoría: Crónica

BLUE

Hay días que a una parece peinarla -o despeinarla- un aire melancólico que se empeña en revolver no sólo el pelo, sino los pensamientos en general.

Y las palabras que van emergiendo de entre los labios, de entre los dedos, de los rincones que la mirada escarba, parecen caer lánguidas, como saturadas gotas de lluvia estival.

Son días que invitan a ocupar cualquier escondrijo, juntar las rodillas contra el pecho rodeándolas con los brazos, y espiar al mundo, a resguardo en la quietud de un paréntesis.

Hay días que los párpados pesan y caen como gruesas cortinas, zambulléndonos en un interior acuoso e inundado de imágenes que buscan palabras: las que quizá fueron dichas, las que tan sólo se susurraron, las que ni siquiera abandonaron la guarida del alma o las que aún quedan por decir.

ATARDECER

Un paseo a media tarde. El silencio de un lugar que se olvida tras el verano. La temperatura que invita al abrazo, apretando tus propias extremidades alrededor de tu torso. Y el aire se llena de aromas que despiertan cuando el sol va apagando su luz. Perfumes sinuosos, recónditos, que van reptando hasta la trampilla cerrada de los recuerdos.

Como un baño que alivia el sofoco diurno, los recuerdos caen trayendo la ligereza de la infancia, la osadía de la juventud. Y se sacude el cuerpo presa de un cataclismo debido a la paradoja entre tiempos. Pasado y presente mirándose frente a frente.

Uno, sintiendo las ganas de alargar la mano para deslizar una caricia llena de nostalgia. Otro, luchando ante la incredulidad, quizás los puños apretados, o el desencanto.

Afortunadamente la juventud no puede imaginar lo que la acción corrosiva de la vida es capaz de ocasionar en todos esos castillos construidos en tiempo de sueños. Irremediablemente la edad termina por obligarnos a volver la mirada hacia el camino recorrido.

Arrastro mis pies a través de los últimos pasos que me alejarán de este nirvana de olores, colores y detalles que se me adhieren y se obstinan en retenerme lejos de cualquier realidad, sea cual sea. Quizá todos duerman ya. Estoy realmente cansada, y aunque siento que la gravedad es más fuerte que nunca y parece que mi cuerpo pesa tanto que no voy a ser capaz de sostenerlo ni por un segundo más, tengo la cabeza inflamada de imágenes, palabras, advertencias, recuerdos, pensamientos, reflexiones. Y rendirme a la voluntad de mi cuerpo sé que hará que muchas de las cosas que podrían surgir de este momento desaparezcan. Como la noche al amanecer. Como los sueños se esfuman dejando tan sólo un nebuloso rastro. Como la estela que deja un perfume denso al cruzarse en el camino. Un perfume sinuoso, recóndito, que va reptando hasta la trampilla cerrada de los recuerdos.

NOWIEMBRE

Nada nuevo en esta pegajosa sensación de que el año, que ya está a punto de concluir, está resultando un año huero, temible, y en cuestión de análisis de la humanidad, estéril. Los primeros meses de desconcierto prendieron una pequeña llama de esperanza sobre un resurgimiento de conciencias, de la solidaridad y regeneración de nuestra especie.

A pesar del desconcierto y el inevitable temor a lo desconocido que había venido a cubrir el mundo con un manto de oscuridad y desaliento, la respuesta ofensiva de unión, coherencia y renovación nos insufló ánimos convirtiéndonos en globos que coloreaban los días de encierro y aislamiento.

Alcanzado el ecuador de este año, la primavera, retenida forzosamente en cada casa, explotó en las calles, en los países, en el mundo… Pero no fuimos capaces de prever la onda expansiva que arrastró tras ello. No sólo no superamos esta improvisada prueba, sino que volvimos a traer tormentas y tribulación.

Y hoy, un lunes cualquiera, del penúltimo mes de este inquietante año, me encuentro más desorientada que nunca. He ido perdiendo ese aire que me había elevado hacia un inconcreto anhelo y hacia una extraña ilusión. Me siento como el globo que va dando bandazos mientras se hace cada vez más pequeño y quebradizo.

Sigo atenta al calendario esperando encontrar ese día en rojo, festivo y prometedor que llene de mariposas nuestros labios y permita echar a volar nuestras manos.

Noviembre de 2020.

Y DE NUEVO DOMINGO

Alcanzado otro domingo. Bulle en mi interior una sensación indefinible. No es que la preste mucha atención, lo cierto es que me apresuro a buscarle una respuesta simple, sin hondura: será la astenia otoñal. Hoy tengo ganas de estar tumbada, de espaldas, mirando al techo. Ayer era toda melancolía; de pronto risas; y de nuevo llanto.
A pesar del frío propio de este octubre fuera hace un día cálido y despejado que invita a disfrutar de la luz que irradia sobre cada esquina y espacio. Pero yo hoy solo tengo ganas de estar tumbada y dejarme absorber por el silencio; ser capaz de dejar la mente en blanco y abstraerme de todo lo demás.
Estoy inquieta. Podría haber contraído un extraño virus (creo que en nada parecido al que nos amenaza en estos tiempos) que atrae hacia mí todos los ecos de una tormenta invisible, como cuando los huesos duelen ante la proximidad de un cambio atmosférico. Voy absorbiendo su pesadez y de pronto me doy cuenta de que me siento sobrecargada y que, para colmo de desventuras, me importa un rábano.
Siento a veces que tengo la sensibilidad a flor de piel, como si fuera una herida expuesta a cualquier roce. Y así mismo cada roce, incluso del aire, me hace encogerme más, retraerme más. Por eso quizá hoy me venzan las ganas de estar tumbada, de espaldas, mirando al techo. Alejándome de la trampa que mi mente intenta tenderme. No, nada de reflexión introspectiva. Quizá me decante por distraerme con la televisión o mejor, quizá me aventure a iniciar una breve aventura dominical entre las páginas de cualquier libro.

EL VIEJO ROCKERO

Está sentado en la calle, en una céntrica y transitada calle con su vida guardada en un viejo petate y con sus escasas pertenencias esparcidas a sus pies. Un viejo rockero con larga cabellera gris, barba gris y rostro curtido, gafas de sol que se mantienen a duras penas sobre la punta de su colorada nariz y un pañuelo negro y blanco puesto a lo pirata sobre su cabeza. Rasga su gastada guitarra tocando gastadas canciones de viejo y bueno rock and roll. Su uniforme de rockero a la vieja usanza está tan sucio como el suelo donde se asienta. Canta con los ojos cerrados, perdido en lugares que sólo él conoce. De vez en cuando para y echa un trago de una botella de Coca-Cola de dos litros mezclada con vino, el combustible que le proporciona energía para seguir allí sentado esperando que alguien quiera escucharlo y, a cambio, darle alguna moneda con la que pueda pasar un día más. No es un mendigo, es un trovador, un juglar, un músico callejero, un artista sin fortuna.

La gente pasa a su lado como si fuera invisible. Todos demasiado ocupados en sus propias travesías como para percibir la vida que les pasa por al lado.

Yo sin embargo no puedo dejar de mirarlo. Su música capta mi atención y no puedo evitar imaginarlo muchos años atrás, con otra vida quizá, con otro aspecto, con otro aire, vencedor y no vencido.

Mi mano vuela a mi bolsillo y busco lo que puedo ofrecerle por su música. Me avergüenza darle una miseria por algo que no se puede tasar: una vida dirigida por la música. Nunca sabré si una vida fiel a unos ideales o una vida llena de renuncias. Quizá su propia vida esté encerrada en una canción.

Deposito en la funda de su guitarra unas pocas monedas sin atreverme a mirarle a los ojos, no me siento a su altura. Sin embargo, él sonríe alegre y en un español bastante limitado me hace señas para evitar que salga corriendo y me indica que va a tocar algo para mí. Comienza una nueva canción y oprime mi garganta la fuerte garra de la lástima, si él lo supiera seguramente me devolvería la moneda. Canta y sonríe viviendo en cada nota que me regala. No puedo evitar pensar en el porqué de su situación. Alguien que siente la música como él y la transmite de la misma forma posee, para mí al menos, un innegable talento. No dispongo de más tiempo, que es lo único que realmente necesita, y avergonzada comienzo a recular con una tímida sonrisa iniciando mi marcha. Él me saluda con la mano y me lanza un «gracias» en un montón de idiomas, incluso en el mío, sin dejar de sonreír ni con su boca ni con su mirada, y sólo me asaltan las ganas de lanzarme a su cuello y abrazarle fuerte, para que no se sienta solo nunca más.

Le he vuelto a ver un par de veces. Le he observado desde lejos, vigilando a la gente que pasaba a su lado sin siquiera obsequiarle con una simple y gratuita mirada… He vuelto a ver la mezquindad de las personas, su egoísmo y el negro futuro que tiene esta humanidad deshumanizada.

De nuevo caigo en la tentación de robarle un poco más de música y le he dado una miseria por ella. Tan sólo por compartir con él un poco de esa emocionante vida que seguramente ha vivido, o al menos eso quiero creer yo. Me he sentido diferente cuando me ha reconocido y, al despedirme, de nuevo me ha obsequiado con un poco de su optimismo y vitalidad a pesar de sus años. Luego he vuelto a casa, a esconderme en mi burbuja.