Categoría: Crónica

SORPRENDERSE

Hay días que descubro que aún con el transcurrir de los años tengo una inexplicable capacidad casi infantil de sorprenderme. No es que me halle cerca de una edad tan confiada y fresca, es más, encaro ya esa estación otoñal que parece, muchas veces, sinónimo de letargo y recogimiento que sin embargo, para mí, no sé bien si por todo lo que tiene que ver con el cambio climático en el que nos vemos inmersos o más bien por el cambio personal que me ha sobrevenido tras una tormenta -ni más desastrosa ni más grave que las que se soportan a lo largo del camino de cada uno- me hace vivir este tiempo como una primavera inesperada, con ese desbarajuste y anarquía que la suele caracterizar.

Mis sentidos se saturan: mi pulso corre como un frenético torrente empujado por el deshielo de un largo invierno, mi ánimo cambia con la velocidad de nubes empujadas bien por masas polares unas veces, ráfagas más cálidas animadas por ese aumento de luz solar otras, o ahogándose por repentinas y abundantes lluvias propias de esa estación, de esa etapa.

Y en esta agitación espiritual, personal o anímica descubro, en este paseo por mi tiempo,  que aún soy capaz de emocionarme al pensar en embarcarme en nuevas aventuras, o en lanzarme a perseguir sueños que todavía no se han dormido, o a creer, esta vez sí, con esa incomprensible fe confiada y fresca de la infancia, que todo es posible cuando uno tiene ilusión y ganas. Eso sí, hay que contar con la habilidad que nos dan los años para aprender que los muros que no se pueden saltar bien pueden rodearse o quizá, con paciencia, desmontarlos.

TAMBIÉN EN VERANO

Cuando llueve tras un día de calor cargante, espeso, que parece caer sobre una como una manta húmeda y apretada imposible de quitarse de encima, me invade una sensación de regeneración, de absurda ilusión, casi infantil podría decir. Como si las gruesas gotas de lluvia que se precipitan, como auténticas camicaces, sobre campos, casas, personas, animales, cosas, fueran capaces de limpiar la impureza que vamos generando, que va saturando el aire hasta volverlo irrespirable.
En esos momentos de impetuoso desorden me gusta cerrar los ojos y dejar que el olor a tierra mojada, sedienta, cansada… repentinamente liberada, me inunde. Es un momento mágico, un momento que me desclava del tiempo que vivo esbozando, a través de mis sentidos, otra dimensión que desconozco pero con la que siento que he fantaseado.
Es cierto que estas tormentas veraniegas parecen dejarnos un escenario gris y repentinamente apagado, por presentarse, como quien irrumpe en una fiesta a la que no ha sido invitada, en mitad de un día «propio» de verano. Pero hay inesperados visitantes que llenan de matices una situación, que aunque pertinente, acaba volviéndose pesada.
Para mí, las tormentas de verano son una representación climatológica de la divergencia entre la naturaleza y el ser humano, que nos deja claro, como en tantas ocasiones, que no estamos al mando, por mucho que intentemos etiquetarla, en un intento de diseñarla a nuestro antojo.

VOLAR SIN ALAS

Cuánto tiempo encerrada en mi propio refugio viendo caer la lluvia, cuyo sonido, a veces, calmaba mi agitación y, otras, calaba mi interior convirtiéndolo en río. Soñé con tener alas. Un día creí poder volar, ansiaba volar. Pero mi plumaje no terminaba de espumar… Y mis extremidades se fueron enterrando, enraizando, creando un micro universo a mi alrededor que comprometía mis ensueños de volar. Contemplaba las estaciones aprendiendo a fijar la mirada en tierra. Descubriendo las pequeñas maravillas que continuamente emergen, nos acarician y empujan como brisa que aplaca el calor sofocante en el que los desiertos se expanden.
Ante mis ojos fueron pasando muchos veranos, otoños, inviernos, primaveras. La vida se desarrollaba según el itinerario de algún calendario desconocido. De forma natural en unos tramos, un tanto más duramente en otros. Olvidé que un día tuve alas, o que al menos, creí que me crecerían. Mis extremidades se encogieron en un gesto protector. Mi universo crecía bajo su amparo, pero no podía moverlas.
Sentí una borrasca. Llegó a golpearme. Había pasado algo. Algo dolía, pero no conseguía saber el qué. Con los ojos apretados, temiendo abrirlos al intuir mi universo hundido, o que tal vez yo me hubiera desplomado. Vacío. Nada. Una calma indefinible. Todo parecía igual y sin embargo, un aire nuevo me rodeaba, poderoso, empujándome. Incitándome a abandonar mi refugio, recogiendo mi cuerpo, confortando mi ánimo, alcanzando mi alma para exhortarla a desplegarse. Mover tanta resignación, despertar la mansedumbre bajo la que me había enterrado no le resultaría tarea fácil.
Viento, naturaleza, niebla, mar, montaña, tierra, hierba, sol, lluvia, nube… bajo cualquier forma me invitaba a sacudirme para encontrar mis alas. Tanto tiempo inmóviles, olvidadas, desdeñadas por mí, habían terminado por atrofiarse.
Tenaz, su presencia terrible, suave, fiera, inclemente, confortable, tramaba plumas vistiendo mi hambre de volar. Y volé. Quizá no había gracia en mis movimientos. Ni podía alcanzar las piruetas imaginadas. Dolía agitar las alas, aquellas alas estropeadas pero desplegadas al fin. Recorrí los lugares que había ido creando en mi interior. Algunos se habían extinguido, otros se habían transformado tanto, que me costaba reconocerlos. Descubrí algunos nuevos, desconocidos. Y en esta nueva forma, que también provocaba un ligero dolor en cada nuevo movimiento, pensé: También se puede volar sin alas.

MARIPOSAS

Las mariposas son al tiempo seres vulnerables y libres. La esencia de la vida en un colorido recipiente único y efímero.
Hay tantas mariposas que revolotean a lo largo de nuestra historia: risas, lágrimas, secretos, vivencias… Mariposas de alas delicadas que vuelan sobre nosotros refrescando la esencia de cada uno. Con su aleteo, la mariposa, altera el espacio, el tiempo, en una búsqueda de lo que cada uno ha de ser.

LA TRAVESÍA

Es difícil fijar el rumbo de nuestra travesía. Y aunque durante un tramo de ésta la dirección sea clara, los caminos para llegar a cualquier parte son infinitos, como nuestras posibilidades de encontrarnos y perdernos en el viaje. Sin embargo, cuando la brújula señala ese horizonte añorado, debemos estar dispuestos a navegar incluso contra corriente. Es más arduo que dejarse llevar, pero no imposible. Avanzaremos despacio, pero avanzaremos si nuestras manos son firmes frente al timón. Y quizá en ese discurrir lento consigamos aprender a saborear con intensidad cada segundo que la vida nos ofrece.