Categoría: Crónica

CONFINAMIENTO

Cuestión de naturaleza. Eso es algo que me repito cuando miro hacia fuera y veo lo que me rodea. Sé que es difícil en estos tiempos, bueno en estos y en casi todos los tiempos pasados y, quizá, en los venideros, mantener en el horizonte personal la esperanza de alcanzar esa maravillosa utopía de hacer de este mundo un lugar estupendo en el que habitar.

En este confinamiento forzado he intentado mirarme por dentro y también he intentado ver fuera las señales que indicaran que, en conjunto, también se estaba realizando una reflexión en toda regla. Al principio no dejaba de escuchar que este período de cese de la actividad cotidiana serviría para volvernos más humanos, para otorgar al planeta que nos acoge un respiro de sus inquilinos, para reinventarnos, para crecer, para…

Para volver exactamente al punto donde nos detuvimos, con las mismas gafas, el mismo equipaje y con la sensación, por mi parte, de que este tiempo en que la vida cotidiana ha estado suspendida, no ha sido suficiente para hacer un examen personal con la necesaria profundidad, honestidad y exigencia que se requería.

Quizá no he podido deshacerme de esa «singularidad» que benévolamente podría tildarse de ingenuidad, y que muchos llamarían «puerilidad». Yo he hecho mis deberes. Incluso siento que esos deberes han provocado en mí la necesidad de continuar con el examen. Creo que muchos han escurrido el bulto, se han escabullido, de hacer el suyo por lo que, el resultado general de esta prueba que la vida nos ha impuesto, no nos ha dejado en muy buen lugar.

A pesar de todo, creo que el que haya personas que han hecho sus deberes, como yo, que hayan aprovechado este tiempo de retiro involuntario, son el combustible necesario para mantener ardiendo la llama de la esperanza. Quizá pequeña aún, pero suficiente para iluminar en la oscuridad.

Aferrándome a la frase de «mientras haya vida, hay esperanza», y con la mirada, más que nunca, puesta en esa naturaleza que no deja de maravillarme, de demostrar su capacidad de adaptación a cualquier revés que le sobrevenga, seguiré este nuevo sendero que se ha abierto ante mí. Caminaré con los ojos más abiertos que nunca.

LLUVIA EN VERANO

La lejanía física, en ocasiones, logra vencer la resistencia de la propia voluntad empeñada en visitar, cada día, los pedazos de uno mismo que se encuentran esparcidos en otros territorios, otros espacios.

En esos momentos a uno parece acercársele, con demasiada velocidad, el tren de las borrascas  interiores, barriendo la relativa serenidad que tanto cuesta reinstalar en esta nueva versión de nosotros mismos.

En el kit de supervivencia para estos casos cuento con el móvil, fundamental instrumento para los primeros auxilios en éstas ocasiones que pueden hacernos naufragar en un repentino torrente de pánico.

Y escucho esa voz que alcanza la corriente de mi pulso. Imagino la sonrisa franca y espontánea, la mirada limpia y sincera, los gestos la hablar. Se despliega ese radar materno en busca de mensajes subliminales que me alerten si algo no va bien.

Todo está bien. Y ese «todo está bien» es algo que me repito a modo de mantra. Hay salud, hay relativa calma, hacemos los equilibrios justos para mantenernos en esa linea entre la incertidumbre y la sostenibilidad, hay amor. Pero hay días, intrigantes y provocadores que desatan una lluvia que humedece el alma y embarra la mente.

UN PASEO POR PARTES

Un día más que cae mansamente, anodino, junto al sol. Hay momentos en que pierdo la noción del lugar que ocupa cada uno de los días. A pesar de la sensación de quietud por las circunstancias, las horas, los minutos, los segundos se me escapan como con prisa, sin tiempo apenas para detenerme en cualquier cosa el tiempo suficiente para exprimir su sustancia.

Hoy apenas he leído, salvo cuestiones que tienen que ver con la formación personal. Después un paseo al aire libre. Y mi espíritu se libera danzando en cada hierba, en cada piedra, en cada escondite o altura, mientras mi cabeza se desliza por caminos un tanto enmarañados. Es imposible sacar nada en claro cuando parece que camino por partes, y cada parte, parece caminar a su aire.

Lo cierto es que he pasado por lugares que invitaban a sentarse, disfrutando de una buena lectura bajo los árboles, o junto al río, o sentada en un banco de cualquier paseo aprovechando la poca actividad social existente.

Un momento perfecto para un poemario… Benedetti, Buesa, Salinas, Pizarnik. Y aludiendo a ésta última, terminaré con sus palabras: «Ahora / en esta hora inocente / yo y la que fui nos sentamos / en el umbral de mi mirada».

LIBERANDO MI INAGOTABLE CURIOSIDAD

Ciertamente los años han despertado en mí una curiosidad inagotable. En el ámbito de la literatura me empujan a indagar sobre todo aquello que me apasiona, que desconozco, que alimenta mi pasión.

Pero esta curiosidad no se limita al mundo literario. Mi mente no parece entender de fronteras a la hora de ver el mundo como una fuente ilimitada de saber.

Secundo con verdadero fervor las palabras de la escritora británica Virginia Woolf, una figura de las más relevantes del modernismo literario del siglo XX: “No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”.

PENSAMIENTOS PARA MI TAPIZ

Estoy varada en un tiempo de reclusión. La inactividad física empuja con precipitación la actividad mental, pero todo parece amontonarse sin orden ni sentido. Siento en mi interior como si un número gigantesco de reflexiones, imágenes, teorías, intenciones, ocurrencias se arrojaran hacia una minúscula salida mental creando un estéril caos.

Intento ordenarlo una y otra vez, organizando un sistema de preferencias, como si pudiera regular este embotellamiento mental. Pero tengo de vacaciones la constancia, en huelga indefinida la disciplina y en rebeldía el sentido del orden.

No puedo hacer gran cosa con semejante desasosiego, así que aprovecho para sumergirme en el siempre reconfortante mundo de la lectura.