Categoría: Crónica

NO A CUALQUIER GUERRA

Descubrir con qué facilidad se infringe dolor me causa cada vez mayor horror, y ya no sólo es la ligereza con que se causa, sino también la impunidad del acto.

No consigo entender la satisfacción que puede producir torturar, cualquiera que sea la forma, a un ser más débil. Ni la propia naturaleza concibe tal acto.

Contemplar escenarios de dolor, de sufrimiento ajeno, se me hace cada vez más intolerable. Como si en cada uno que observo o que descubro o que me cuentan, tiraran de mí y me arrancaran trozos de la piel que me cubre, y fuera tanta la que me faltara ya que el mero roce de estos aires de amargura alcanzara la carne herida, desangrando una angustia y desconsuelo inagotable.

El único antídoto para el dolor es el amor. El amor infinito, el amor en bruto, sin artificios, el que nace en las entrañas. Ese amor que se traspasa de uno a otro, que se comparte. Ese amor que arropa y que funde. Ese amor que fortifica y sana.

En la incertidumbre del hombre, el amor es la respuesta.

LA VENTANA DEL TIEMPO

Nunca mejor dicho: mirar a través de la ventana del tiempo. Recuerdo los días del viaje a Ávila y Arévalo como el paso a través de la puerta que la historia mantiene en tantos y tantos rincones de nuestro alrededor, conviviendo con nuestra cotidianidad. La emoción que le sobrecoge a uno al sentirse caminar por lugares llenos de retazos de historia que se materializan para ser palpados, sentidos, admirados.
En ese mismo viaje llegué a Segovia de la mano de mi guía particular —para mí, el mejor guía del mundo—, capaz de atender pacientemente la riada de preguntas que se me desatan en momentos así, donde quiero saberlo todo, conocerlo todo, sentirlo todo y recordarlo todo.
Las calles, los monumentos, las construcciones, todo en Segovia requiere de una visita calmada y sin prisa, pero no era esa la ocasión para mí, por lo que en mi mente anotaba todos esos lugares que iban apareciendo a cada paso que daba para una próxima ocasión en la que el tiempo no me empujara con tanto apremio.
Amante de la poesía, hervía en mí la impaciencia por alcanzar la casa donde residió el poeta Antonio Machado, el más joven representante de la generación del 98, durante su estancia en Segovia —entre 1919 y 1932—: una modesta pensión situada en el centro histórico de la ciudad, que regentaba doña Luisa Torrego.
Quizá por mi temperamento un tanto «visceral», sentía el pulso bailar agitado a medida que la estrecha calle nos acercaba a la verja abierta que franquea la entrada al modesto edificio. Como es de obligado cumplimiento, realicé las pertinentes fotografías que inmortalizaran ese momento: la verja, el camino empedrado bordeado del húmedo terreno del patio que lo franquea, la imagen metálica del rostro de Machado que se encuentra a su izquierda, el árbol frondoso que lo observa de frente, a la derecha del camino —donde mi imaginación comenzó su libre andadura por el tiempo evocándolo sentado a su sombra, leyendo, escribiendo o, sencillamente, descansando en un día cualquiera—. Lo cierto es que me hubiera quedado allí intentando absorber cualquier reminiscencia de aquellos tiempos que hubiera quedado suspendida en el entorno, pero el tiempo apremiaba, ese cruel horario que sujeta el disfrute de un lugar así a una duración determinada, y mi guía, sabedor de mi interés por caminar sobre los pasos del poeta, me arrancó de esa ensoñación primera para abrirme la puerta a una dimensión a caballo entre la historia, la literatura y mi incontinente romanticismo.
Intenté calmarme para poder ver, con perspectiva, el lugar. Como explican durante la visita, la casa es pequeña, empotrada, con una escalera que conduce a una segunda planta donde se aprecia la cocina con sus trastos de hierros y viejas hornallas, el modesto comedor y el cuarto donde, en vitrinas, lucen las ediciones de Machado, los libros de amigos, fotografías, documentos y cartas, sus trabajos para la Universidad Popular que tanto significó en su vida, hasta alcanzar su dormitorio, modesto, tan sólo con lo imprescindible, austero. Iba escuchando, con la fluctuante atención que la emoción me permitía, aquello que iban explicando a través de una audio-guía, pero me encontraba inmersa en una repentina tormenta interior que arrojaba preguntas sin descanso, que husmeaba detalles que me permitieran acercarme a aquel tiempo donde Machado habría, tantas veces, mirado por la misma venta por la que yo, en ese mismo instante, dejaba volar mi vista. Aquella ventana me pareció la ventana del tiempo, en la que una repentina lluvia, ajena al sol que brillaba al otro lado del cristal, desdibujaba el paisaje desplegado frente a mí y me empapaba en una melancolía pesada y húmeda que me acompañó incluso cuando abandonamos aquel lugar.
A pesar de parecerme una terrible osadía, no pude contener unos versos que brotaban, como repentino manantial, nacido de aspirar aquel espacio tan humilde y tan grande al mismo tiempo. Lo cierto es que no los recuerdo, quedaron anotados en una sencilla hoja de visita, escritos precipitada y emocionadamente, con la mera necesidad de compartir un momento tan especial con el espacio donde posiblemente, se respiró tanta literatura.

NADIE DUERME

El 11 de febrero del año 2020 nos aventuramos, Jose Luis Urrutia y yo misma, a la producción y dirección de un magazine cultural radiofónico nocturno llamado Nadie Duerme, en la emisora Uribe FM-Gorliz Irratia. Yo ya había tenido una experiencia anterior de varios años colaborando con otro magazine cultural, en un horario más prudente, con el programa de tarde llamado La Atalaya, en la misma emisora.

He de reconocer que, quizá por mi edad, amo la radio. Recuerdo desde bien pequeña escucharla junto a mi familia, disfrutarla más tarde al descubrir la música de nuestra actualidad e incluso, por qué no decirlo, jugar con mi hermano y mis amigos a crear programas radiofónicos.

En mi formación tuve la oportunidad de conocer sus candilejas, su interior, pero nuestra relación se detuvo ahí, al término de mis estudios.

Sin embargo, cuando al fin me atreví a la creación de un programa, a su planificación, a su salida a las ondas… redescubrí una pasión que latía, silenciada, en mí.

Hoy, no sé por qué, quizá porque son días de balances, de cierres de cuentas, de revisión de saldos, he sentido su ausencia de manera especial.

Extraño mucho el formato, el programa, la compañía, el estudio y su mesa, las prisas, las complicaciones, la adrenalina…

Nadie duerme. Aquí dejo ese primer programa.

Primer programa del magazine cultural Nadie Duerme.

RELATO DE DOMINGO

Sopla el viento anunciando la cercanía de una estación que se aproxima inexorable. Alzo mi rostro para aspirar la fragancia que la precede. Es el otoño, un entretiempo en el que la naturaleza me atrapa y libera, me inspira, me desordena y me acoge.

Domingo sereno tras borrascas de verano. Momento perfecto para sumergirse en la lectura.

                                       

Ahora que mi tiempo se termina y apenas puedo levantar mi rostro. Ahora que ni la vestidura soporto contra mí porque en la agonía final el más ligero temblor me inclina ante el precipicio en el que he de extinguirme. Ahora, y sólo ahora, deseo gritarte todo aquello que he guardado entre los pliegues que me han cubierto durante mi temporal existencia.
No te hablaré del principio porque aún siento que antes de ti no había nada. Perdura la huella, como grabada a fuego, de la primera vez que te vi. A través de una cortina de lluvia de la que huías, agazapada, entumecida por el frío y el peso del agua sobre tu cuerpo delicado. Se detuvo el tiempo, ¡ah… el tiempo!, un concepto que cambió al conocerte. Yo, inmóvil, dejando que el agua diluyese tu visión por si tan sólo fuera un espejismo. ¿Después?, no sé. Mis días esperándote, buscándote siempre en el mismo lugar. Contraída el alma ante la expectativa.
Una vez llegaste, deprisa, inquieta como siempre que el sol lucía. Apenas me rozaste, algo fortuito, y pude sentir cómo estallaba mi mundo llevándome contigo a través de burbujas azuladas, como el cielo en el que tantas veces te perdía. ¡Si hubieras podido escuchar las notas que aquellas casuales caricias me arrancaban formando para ti una nueva «chanson triste»! Las noches de desvelo rogándole a la luna, mecenas de los amantes, que me regalase alas de plata para poder seguirte.
Algunas veces te agitabas coqueta a mi alrededor, o frente a mí, hiriéndome mientras te miraba con embeleso esperando que la brisa me trajera el eco de tus juegos. Exquisita en tu forma de moverte. Incluso a contraluz, recortada tu silueta proyectando sombras, descubría que deseaba perderme por siempre en ellas si así lograba que te quedaras conmigo día y noche, sin importar la penumbra.
Vestías colores que inundaban mi universo de primavera, pincel del aire, retal de arco iris. Te quería azul, mar de sueños, bóveda celeste; y verde, esperanza eterna, intensa o suave, húmeda o cálida; te quería blanca, dulce serenidad, jirón de nube; y marrón y roja, pasión que se inflamaba al verte; y también negra, color de la noche donde el temor a no volver a encontrarte y el desánimo de la impaciencia, me hacían cerrarme en mí esperando con ansia un nuevo amanecer que te volviera a traer.
Puedo imaginar tu sorpresa al descubrir la naturaleza de mis emociones. Incluso entenderé que te parezcan desmedidas, tanta vehemencia en apenas diez días transcurridos desde esa primera vez pero, compréndelo, ¡dispongo de tan poco tiempo!
El color me huye y mi aspecto se marchita. Mi ciclo vital es muy breve, pero intenso y apasionado. Te contemplo meciéndote en el viento, delicada… mariposa tú y yo… una rosa.

Idoia Mielgo Merino_firma

ENCUENTROS ESTIMULANTES

Escribo estas líneas impulsada por mis ganas de compartir experiencias. Mi intención es ahondar y conocer más sobre la autora que voy a introducir en esta crónica, pero siento la impaciencia de explicar mi elección, de anticipar qué me ha movido a elegirla, qué me ha aportado, por qué me ha resultado estimulante y notable.

Abordar la literatura es navegar por mares de letras, de conocimiento, de experiencias, de actitudes, de vidas, de inquietudes, de sacrificios… inmensos. Aprender y aprehender es la máxima que debe motivarnos a quienes amamos las letras y su poder para mantener un rumbo que nos lleve a buenos puertos.

Conocía someramente a María Zambrano. Asimilaba su nombre con autoras del género novelístico, pero sin concretar realmente el género de su obra, su trayectoria, su historia, su vida… que es lo que nos acerca a cualquier autor.

He descubierto en María Zambrano la persona que materializa en grafías aquello que siento en todo lo relacionado con la poesía. Añadir además que siempre he sentido interés por la filosofía, con la que tonteé un poco durante mi época estudiantil y que he seguido, de refilón, en distintas épocas de mi vida. Adentrarme en el conjunto de reflexiones que nos descubren distintos puntos de vista, el origen de las corrientes del pensamiento, preguntas que surgen en el origen, que marcan caminos, para poder trasladarte a través de preceptos atemporales que fundamentan aquellos por los que nos regimos en la actualidad y encontramos, tal y como María Zambrano dice, «en la filosofía, al hombre en su historia universal, en su querer ser».

Tiene una extensa obra repartida entre el compromiso cívico y el pensamiento poético. Su «razón poética» no indica solo la contaminación entre filosofía y poesía, pretende aunar dos fenómenos: la revelación de lo originario y la creación poética donde «la belleza tiene que ver con la fidelidad a lo originario» (Introducción al pensamiento estético de María Zambrano, Logos, n.36, (2003), p.217.), porque todo arte es lenguaje, palabra poética. «A través de la misma se detiene el tiempo, la raíz del misterio de la trascendencia».

En su obra, María Zambrano entrelaza el camino de la filosofía y el de la poesía, muestra la relevancia y dimensión de cada una y su lugar, así como la coexistencia de ambas. Y como ejemplo, este pequeño botón:

«Pero hay, por el pronto, una diferencia; así como el filósofo si alcanzara la unidad del ser, sería una unidad absoluta, sin mezcla de multiplicidad alguna, la unidad lograda del poeta en el poema es siempre incompleta; y el poeta lo sabe y ahí está su humildad: en conformarse con su frágil unidad lograda. De ahí ese temblor que queda tras de todo buen poema y esa perspectiva ilimitada, estela que deja toda poesía tras de sí y que nos lleva tras ella; ese espacio abierto que rodea a toda poesía. Pero aun esta unidad lograda, aunque completa, parece siempre gratuita en oposición a la unidad filosófica tan ahincadamente perseguida».

En un principio había pretendido que esta crónica fuera una pincelada breve sobre mi lectura de esta autora. Imposible. Creo que ha abierto en mí una necesidad de expresar, compartir y analizar lo que a través de su trabajo ha dejado. Prometo dedicarle un espacio en mi rinconcito poético, así como una mención especial sobre su vida y obra en el de Lecturas. Yo, de momento, voy a seguir paladeando Filosofía y poesía de María Zambrano.