Algunas noches, que se parecen a esta, suenan ahí afuera voces que me templan por dentro, y entonces, surgen extraños versos que titilan como sueños indecisos. No hay ni una gota de ron en el vaso y las sombras son, por así decirlo, ese turbio mensaje de sima y locura. En esas noches de dolor secreto los relojes se quiebran para contemplar con calma el rostro fermentado de mis días.
En esa quietud, piedra a piedra, deletrear los abismos con tanto sosiego es iniciar el último vuelo.
Si yo te odiara, mi odio te daría en las palabras, rotundo y seguro; ¡pero te amo y mi amor no se confía a este hablar de los hombres, tan oscuro! Tú lo quisieras vuelto un alarido, y viene de tan hondo que ha deshecho su quemante raudal, desfallecido, antes de la garganta, antes del pecho. Estoy lo mismo que estanque colmado y te parezco un surtidor inerte. ¡Todo por mi callar atribulado que es más atroz que el entrar en la muerte!
Se agolpan las lágrimas en mi orilla, su sal araña mis ventanas y extenúa mi mirada en un ocaso inevitable.
A la deriva, saqueada, vaciada, invoco la fuerza de esta marea que me azota para que me evacúe allá donde el dolor no alcanza, —en aquella nada conocida, Íntima—, de nuevo en la grieta donde mis heridas conocían cada esquina, cada filo, cada oquedad.