Bajo una luna pálida, cenicienta, un árbol eleva su esqueleto de sombra, ramas torcidas —como oraciones frustradas— arañando, con negros dedos, la garganta de la noche.
No canta el viento, gime, en cada rama que cruje sin voz, y la niebla le cose un manto de ausencias y promesas rotas.
El tronco guarda secretos endurecidos, latidos que se rindieron al invierno, y en su sombra antigua dormitan las cosas que no pudieron irse.
La soledad resbala, se arrastra sobre el corazón de madera, viene a beber de su lecho la memoria de los que cayeron sin despedida.
Ese árbol no espera la primavera, espera el olvido latiendo despacio, que la luna cierre los ojos y lo deje a solas con todo lo que retiene.
Porque hay raíces que no buscan agua, buscan silencio.