EL ÁRBOL QUE APRENDIÓ A MORIR

Bajo una luna pálida, cenicienta,
un árbol eleva su esqueleto de sombra,
ramas torcidas —como oraciones frustradas—
arañando, con negros dedos, la garganta de la noche.

No canta el viento, gime,
en cada rama que cruje sin voz,
y la niebla le cose un manto
de ausencias y promesas rotas.

El tronco guarda secretos endurecidos,
latidos que se rindieron al invierno,
y en su sombra antigua
dormitan las cosas que no pudieron irse.

La soledad resbala, se arrastra
sobre el corazón de madera,
viene a beber de su lecho
la memoria
de los que cayeron sin despedida.

Ese árbol no espera la primavera,
espera el olvido latiendo despacio,
que la luna cierre los ojos
y lo deje a solas
con todo lo que retiene.

Porque hay raíces
que no buscan agua,
buscan silencio.

Idoia Mielgo Merino_firma

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