¿Dónde está el amor que habitaba entre tus manos?, ahora muestras hambre cuando señalas mi piel. Ese fuego que aún crepita, malogrado, sólo reabre heridas que supuran tras él.
En la oscuridad que se oculta en tu mirada, se ahogan las palabras que mueren de dolor. Y si en un rincón dejas descuidada alguna caricia, ya no habla de amor.
Desviaron mi cauce arrojándome a los brazos, fríos e inclementes, de una nodriza gris e impaciente. Y crecí en un lugar artificial en el que todo se cuantificaba.
Progresé adecuadamente hasta descubrir la puerta que me devolvía pedazos de mi memoria atávica retornándome a los cálidos brazos que me empapaban con su esencia, aún vital y franca a pesar de las atrocidades sobrevividas.
Soy tierra húmeda y verde bosque, soy río veloz y escarpada montaña, soy mar y marea, brisa y tormenta, soy hija natural de una indómita tierra, corre por mis venas el norte, peina mis sueños el Cantábrico y acaricia mi llanto el xirimiri.
Hoy has querido aullar, deshacer, desafiar, enseñar las garras y marcar tu espacio, demostrarte —quizá— que puedes ser feroz, independiente y temeraria.
Se extinguió tu voz al nacer ¡tanto llanto! que selló tus labios.
Contemplas las manos huecas, anulado su vigor en un continuo desgobierno.
Reducen tu espacio, tiran de ti, cargan sobre tu espalda el peso ajeno domesticando tu espíritu para que formes parte de un enjambre amansado.
Nadie mojaba el aire tanto como mis ojos. Me decías: «¿Trabajas?» Me decías: «¿Ya es la hora del té?» Y yo no te decía: «Te amo»; no te decía: «Eres todo lo que tengo»; no te decía: «Eres la única rosa en la que caben todas las primaveras». Me decías: «Adiós, hasta mañana». O me decías: «¿Necesitas algo?». Y yo no te decía: «Me estoy muriendo de amor… me estoy muriendo». Nadie mojaba el aire como yo.