El presente

Hace un tiempo descubrí que mis pasos me habían conducido a un lugar sin retorno, oscuro y sin perspectiva. Mi mundo sufrió un seísmo de intensidad compleja y consecuencias incalculables.

Mi vida, siempre atada a otras vidas, siempre reflejo de otras vidas, siempre sombra de otras vidas, de pronto se erguía herida, diferente y distinta. Irreconocible incluso para mí.

La lluvia de mis días se había convertido en alimento de mi alma, sin embargo, había raíces nuevas que escarbaban caminos inexplorados. Mi mente se quebró abriéndose ante ella dimensiones no reconocidas, incomprensibles e ignotas.

El hoy, el presente. Siempre nos hablan de vivir el presente y sin embargo, no hay forma sencilla de aprender a vivirlo, de descifrar en qué consiste despertar cada día y SER ajeno al mañana y sin la sobrecarga del ayer.

Me empeño cada día en vivir el hoy, mi presente, y descubro que requiere de mí toda mi esencia, mis sentidos: la vista, el tacto, el olfato, el gusto, el oído… reconducen mi actitud para absorber lo que cada uno me brinda en cada segundo que forma la cadena de minutos que tejen las horas que conforman una jornada.

Hay momentos en que descubro que vivir el hoy, el presente, me deja sin fuerzas para pensar en mañana o para desempolvar mi ayer.

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