Categoría: Crónica

ESTELAS DE NUESTRA RUTA

La espera es como una puerta cerrada que miramos expectantes. En la que se estrellan los minutos prendidos de un pomo que esperamos ver girar franqueando el paso a nuestra esperanza, a nuestros anhelos.

Y en ese tiempo desértico se amontonan a nuestro alrededor las hojas caídas del calendario. Maleza marchita que va apagando nuestros pasos. Todo parece detenerse cuando uno espera y cada segundo se dilata —elástico— poniendo a prueba el valor de quien confía.

Pero una puerta es una puerta y al final… siempre acaba abriéndose. Aunque por esa misma condición, después, vuelva a cerrarse.

Y entre puerta y puerta, fuimos dos esperas enfrentadas, dos buscadores, un cúmulo de sueños perdidos. Conteníamos toda la intensidad que se amontona en la imposibilidad de compartir. Y se cruzaron los caminos, e intercambiamos las cargas, yo tomé la tuya y tú, me despojaste de la mía.

Si miro en los mapas de mi viaje, en ese momento dejé de ser. Dejé de ser mi día a día, dejé de ser la rutina y el poso de lo que va quedando. Puedo lanzar mi mirada hacia la lejanía y vislumbrarme, en mi hoy, en una escena distinta —¿siendo lo que siempre quise ser?—. Y te encuentro frente a mí. En el mismo itinerario. Esperándome. Tendida tu mano que, ahora, completa la mía.

TE VAS

Te vas, sé que es ley de vida y sin embargo esta parte egoista de mí se resiste a tu ausencia. Quizá te abandoné hace tiempo, pero te sabía caminando, lidiando con el día a día. En ocasiones retornaba a ti. Mi guerrero, mi alma pura. En tu oscuridad encontré yo los primeros destellos de luz. La incondicionalidad a pesar de tus fracturas con una raza distinta a la tuya.

Te vas, sé que es hora de dejarte partir, pero cuesta soltar, dejarte volar sin saber dónde habré de volverte a encontrar. La edad se asoma a tu mirada quieta. El peso que ya no puedes aguantar y yo… no estoy para sostenerte.

Te vas, mi despeinado caballero, mi resignado amigo, mi aprendiz de lobo, mi fortuna negra, ¡tantas veces mi aliento!

Te vas, y te acompañaré desde este alambre en el que caminamos, para sentir cómo te alejas hacia una inmensidad inabordable. Y te observaré desde este espacio temporal que habitamos.

Me quedará una mella en el alma, un pequeño desgarrado que habré de aprender a remendar. Lo haré con hilo negro, de seda, para recordarte siempre y cada día.

NAUFRAGIOS

Lamentablemente los naufragios de cada día que te precipitan hacia una nueva caída, que te arrojan a un vacío inasible, te sumen en el descreimiento en la naturaleza humana.

La pérdida de otro pulso que acompañe tu pulso. El fracaso de un caminar abrigado. La frustración de clamar en un nuevo desierto.

Te blindas, te endureces, te agarrotas. Te queda tu guarida, tu sombra y tu silencio. Transitando en una bruma que vas generando para soportar cada sacudida, cada nueva convulsión, cada borrasca.

BUENAS NOCHES

Ando noctámbula en tareas pendientes. Mis párpados me arrastran hacia la suave tentación de las sábanas… cálidas, suaves, esperándome, llamándome. Y remolco mis pies a través de los últimos detalles que aún se proyectan antes de apagar las luces.

Todo duerme ya. Estoy realmente cansada. Y aunque siento que la gravedad es más fuerte que nunca y parece que mi cuerpo pese tanto que no voy a ser capaz de sostenerlo ni por un segundo más, tengo la cabeza sobreexcitada de ideas, palabras, sugerencias, recuerdos, pensamientos, reflexiones… Y rendirme a la voluntad de mi cuerpo sé que hará que muchas de las cosas que podrían surgir de este momento desaparezcan. Como la noche tras el amanecer. Como los sueños se desvanecen, dejando sólo un sutil rastro. Como la estela que abandona un perfume intenso disipándose en el camino.

Pero soy carne. Y débil. Y claudico al fin. Buenas noches. En especial a los que cada día retoman sus empeños y sus metas. Buenas noches a ti.

AMISTAD

La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas.
Aristóteles

     Los días van pasando. Cada uno inmerso en su viaje. Las pequeñas cosas se convierten en un equipaje que nos va fondeando a un lugar, a unos hábitos. Parece que cada vez nos cuesta más coincidir en la charla. Tenemos infinitas cosas que hacer que se van alargando inusitadamente. Pero en ese lejano avanzar de cada cual, donde nuestra imagen parece desenfocarse, emborronarse, la conexión de la verdadera amistad —que surge un día no por un motivo racional, sino por un ensamble emocional—, ese nexo, se tensa, recordándonos quién está a cada extremo de esa hebra invisible.

     Entonces recuerdo que tú estás si yo te llamo, y deseo que no olvides que siempre estoy si tú lo pides. Jugueteo con los recuerdos de tantas ocasiones en que la sonrisa estrenada de los lunes se iba descolgando y tenía que retocármela con un poco de maquillaje. Tanteo también para sentir el lugar donde escondo esos tesoros que he ido recolectando, casi sin darme cuenta, del compartir, de emocionarme, de sorprenderme, de inquietarme, de reír y llorar… en compañía. Pequeños talismanes que son capaces de dar impulso cuando el latido de nuestro corazón parece perder el ritmo, que te ponen tiritas llenas de cariño cuando la vida provoca rozaduras.

     Tengo la suerte de haberte encontrado en mi camino. Saber que estás ahí me reconforta. Y hay ocasiones en que siento esa necesidad por «compartir», sólo eso, sea lo que sea. Por eso quería dedicar unos minutos a pensar en ti. A la amistad verdadera. Para que sepas que sigo enviándote toneladas de ánimo para tus cruzadas y que puedo ser un escudero resultón, un poco achacoso en el transcurrir del tiempo, que se obstina en curvar los días.   

Recuerdo que estás, siento que estás. Sólo quiero que no olvides que yo también estoy: sólo mándame señales… aunque sean de humo.