Categoría: Crónica

EL TIEMPO Y SUS COSAS

El tiempo es la cosa más valiosa que una persona puede gastar. (Theophrastus)

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Se dice del tiempo que siempre encuentra un lugar a cada cosa. Y también es cierto que va atemperando el ímpetu, los anhelos, las ilusiones.

Y en su ineludible compañía, adormecidos en el movimiento de segundos y minutos, olvidamos el vértigo del pulso desbocado al ritmo de latidos urgentes y sin compás, la respiración impaciente, trémula, el baile de las mariposas que la ilusión libera en nuestro interior.

El juvenil ardor se consume sofocado por la edad. Y la costumbre, que aparece a la sombra del tiempo, de su mano caprichosa, se vuelve nuestra realidad.

Pero en cualquier otoño puede surgir una primavera temprana, inesperada, alterando el paisaje. Y el tiempo ya no importa. Y regresan de golpe todas aquellas sensaciones enterradas, vividas, pero olvidadas.

Y en esos tímidos brotes reverdecen nuevas ilusiones. Y encontramos, incluso los días de lluvia, un motivo para sonreír.

El tiempo, relativo y trascendental, que cambia las cosas de lugar, o sencillamente, encuentra lugares nuevos para las cosas.

¡TIEMPO!

A veces es inevitable destruir para volver a sentir la fuerza creadora. Hemos hecho un arte del comenzar de nuevo cuando tocamos techo, desde los escombros. La historia no dejará de repetirse: otros rostros, otros paisajes, otras modas… pero siempre nosotros.

La búsqueda del bienestar termina por insensibilizar nuestros sentidos y se nos hace preciso reaccionar, rebelarnos ante el horror de un mundo gobernado por ignorantes del amor, de la paz y de la vida sosegada para quienes el motor del progreso es el ansia de poder, donde prolifera y se venera el caos.

Sin embargo, todo es cuestión de tiempo. Que todo termine, que empiece de nuevo o que, pese a todo, perdure a pesar del día a día. ¡Tiempo…!

Pero amanece de nuevo, cada día, y con ello, una nueva esperanza. Cada jornada la luz renace de la oscuridad para mantener otra dura batalla y yo sigo aquí, y tú, sigues aquí también.

La paciencia tiene su recompensa. Aprender a caminar despacio se hace un ejercicio necesario en estos tiempos de prisas y precipitaciones gobernados por la inmediatez. Fijar en los sentidos el paso de segundos y minutos que forman el tejido de cada uno de nosotros.

No he vuelto a muchos de los lugares en que despedí muchas partes de mí misma. Permanecen ocultos como un tiempo vacío, como si fueran un montón de hojas caídas del calendario. Maleza marchita que va apagando los colores a mi alrededor. Sin embargo, hay días que delatan su esencia, esa fragancia conocida. Y de la mano del tiempo descubro las huellas que permanecen, a la espera de ser reconocidas y aceptadas para seguir avanzando.

Ser consciente de lo que uno es resulta la mejor munición para combatir el desequilibrio en que el panorama actual amenaza sumirnos.

TOMARSE DE LA MANO

Te invito a tomar esta noche un baño de luna,
te invito a pasear de la mano y hablar de lo nuestro.
te ofrezco mi mano y mi pecho,
te ofrezco mi vida de nuevo,
te invito a olvidar el pasado y hacer otro intento.

Estas letras pueden servir de preludio para una invitación así. Pasear de la mano acerca andares y dispone el ánimo para compartir el viaje hacia el que se parta. El destino no importa, sólo el saber que el paso se vuelve más seguro en la certeza de que tienes donde afirmarte cuando los desniveles del camino te hacen titubear. Comenzar una senda que se aparta de la línea esbozada puede ser una hermosa aventura. Atrevámonos a decir: ¡aquí tienes mi mano, es hora de levantar velas!

Yo he descubierto lo que significa caminar uno al lado del otro. El brazo relajado a lo largo de tu cuerpo y la mano en un gesto de espera, confiando, paciente, que arribe a ella. Y se ajusta la mía como si vistiera un guante hecho a medida. Me resulta asombroso que algo tan intrascendente pueda ser capaz de transformar el escenario en el que me encuentre e incluso altere mi forma de caminar, de respirar, de ver, de oír o de oler aquello que nos rodee.

Hay momentos intensos en que tus manos toman y dan. Se muestran exaltadas o generosas. Su tacto muerde mi sosiego sublevando mi sensatez. Su lenguaje es único y se entienden cumplidamente con cada milímetro de mi piel, con cada parte de mi cuerpo donde queda esculpida la huella de su paso.

Y tras la tormenta que desatan, nuestras manos se toman de nuevo. La mía se rinde, extenuada, en un gesto descuidado que otorga la intimidad sin reserva. La tuya la cubre, protectora y serena. No puedo evitar observarlas, quietas, fundidas, y todo mi ser se conmueve ante la imagen de comunión que son capaces de reflejar.

Hay una conversación silenciosa entre las manos que se toman. Un leguaje antiguo que se está perdiendo. Creemos, tú y yo, un movimiento en favor de la conservación de ese acto tan natural.

Juntemos nuestras manos y juguemos de nuevo. Tú serás la brújula, y yo… yo seré el viento.

SAN VALENTÍN

Me gustan los días señalados. Quizá porque pasamos por la vida demasiado rápido y esos días son como casillas donde hemos de pararnos y rebuscar en el interior para ser conscientes de lo que portamos, y que realmente importa. Quizá también puede ser que la niña que fui convive conmigo por derecho, o por despecho, no sabría explicar cuáles son sus motivos para compartir espacio con mi hoy, y vive esos días señalados en rojo, o simplemente subrayados, con una anticipación alborozada y ruidosa que pone patas arriba el orden que la practicidad debería imponer.

Días como hoy, San Valentín, son un despliegue pirotécnico de fuegos artificiales en el corazón y en la cabeza. El día del amor, ¿por qué no?, ¡hay tantas razones para amar! Y el amor no tiene un único destino; un único receptor; un único género; un único significado; una única naturaleza…

El amor es verdaderamente infinito, aunque resulte inexplicable, impracticable, incluso, algunas veces. ¡No te quiero más porque entonces exploto!, una frase capaz de elevarle a uno a la estratosfera, y dicha desde la sinceridad y espontaneidad más maravillosa.

Cada uno vive los días como mejor entiende, pero ¿no sería maravilloso que el mundo entero se pintara de rojo y celebrara un San Valentín infinito?

Yo amo mucho, y eso me hace resistir los días más feroces de esta realidad.

SENTIR

Sentir. Sensaciones. Los sentidos explotando sin control. Un aroma. Un recuerdo. Una sonrisa. Una caricia. Sueños que se materializan. Sueños que cambian de color, de dimensión. Sueños que confunden realidad y anhelos. Sueños que incluso pueden mutar en pesadillas.

Y mientras tanto, la vida transcurre con su implacable paso. Los días se encienden y apagan ajenos a las pequeñas cruzadas de cada uno. La risa batalla con las lágrimas. Se rozan para impregnarse una de la otra. Para equilibrar los abismos entre ellas.

Sigo repitiéndome en cada amanecer que un nuevo día supone el inicio de infinitos caminos por recorrer. Sin embargo, hay ocasos que me retienen en el mismo punto en el que amanezco, incluso, algunos, me hacen retroceder trastornando mi rumbo, hiriendo mi optimismo.

La vida son sentimientos que despiertan en nuestra piel al contacto con otras pieles que se conocen, que se reconocen, que conversan sin palabras. En estos tiempos de distancia echo de menos otras pieles. Pero tengo la suerte de contar, como puntal de mis días, con un alma que, a pesar de sentir que se agitaba en un universo inabordable para mí, se materializó en la oscuridad de una noche persistente.

Me esfuerzo por mantener prendida la humilde luz que que avivé un día de diciembre. La de la esperanza. La de la fe en nosotros, en nuestro esfuerzo, en nuestra capacidad de resistencia. Pero hay demasiados momentos en que me sorprende un viento crudo, implacable, y todo a mi alrededor vacila. Y todo en mí vacila.

Vivamos, amemos, compartamos, incluso en esta distancia tan inexorable y agradezcamos las cercanías en las que fortificarnos.