Sin preguntas, sin apremios, me devuelves la niña que fui.
Atraídas por el embrujo del agua, —provocándola con el vuelo de una piedra con la que bailotea en órbitas a la deriva— asoman a tu mirada las sombras de tu mocedad, ecos de travesuras que se descuelgan aprovechando el tiempo de recreo.
La risa nos acompaña con su melodía rescatando la frescura infantil, ablandando la dureza con que los años me han ido envolviendo.
Una piedra, un río, tu mano, mi risa, nuestro tiempo.
Otra jornada que acaba, colores que se esconden en las sombras, la noche deslizando su fragancia embriagadora que mitiga y estimula el sueño que huye de feria en feria, buscando excusas para no rendirse a Morfeo.
Y yo, gato en la ventana acechando acasos, husmeando sobras: alguna risa sin liquidar, quizás un beso sin destino, caricias robadas en un soplo o tal vez, miradas que nadie quiso.